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martes, 3 de enero de 2012

Cuidado con el amor



Autor: Alberto Rodríguez
Editorial: Corporación ideas y palabras.
Colección: Tambor arlequín.
Colección de cuentos
Recomendado para: jóvenes lectores

Con Alberto nos unen variadas pasiones y nos separan unas cuantas diferencias. Entre las pasiones se hallan el amor por la palabra escrita, la negación al facilismo, una buena ginebra – yo la prefiero con limón, a él le gusta pura- y una buena conversación. Entre nuestros abismos se hallan, y en ello ambos somos irreductibles,  su preferencia por la escaleta a la hora de escribir –inclinación que comparte con Mario Mendoza-, su amplio mundo y nuestras preferencias lectoras –Alberto se niega a leer basura, yo disfruto aún leyendo Bill, el héroe galáctico.
Su experiencia docente lo ha llevado a  escribir Lectura y entendimiento, un ladrillo de gran riqueza conceptual pero de estilo denso y un libro para niños cuyo tema y título desconozco. Después de jubilado decidió emprenderla con la promoción de lectura y la deformación de futuros escritores. Así, se halla desde hace algunos años dirigiendo el capítulo Cali del taller de Relata, que ha obligado a muchos pichones de escritores a terminar sus proyectos y a escribir. Debo reconocer que en variados casos estos pichones han terminado publicando cuentos e incluso novelas completas. Digo nombres, Silvia Valencia, Ana María Díaz,  David Vázquez, Elizabeth Ruales y este suscrito servidor.
Así que por morbo, saña y mucha mala leche debía leerme el más reciente de sus libros. Pero me demoré. Debo reconocer que Cuidado con el amor, no era el primero de mi fila de libros. Como todo lector en mi biblioteca hay un porcentaje de libros, pedidos, robados, olvidados o comprados en un saldo, que aún no se han leído y que estaban esperando su turno. Bueno, en mi ego decido que ellos estaban esperando. Así que en estas vacaciones puse las cosas en orden y antes de darme cuenta ahí estaba el libro de Alberto Rodríguez.
Cuidado con el amor, es una colección de 11 cuentos precedidos por una cita bíblica, Acuérdate que mi vida es un soplo, mis ojos ya no verán más la felicidad. (Job 7-7). Es curioso como diferentes lectores leen lo que les interesa. Julio Cesar Londoño encuentra en Cuidado con el amor, “El alma negra de los relatos, la maldad tallada a mano de las tramas y la violencia heráldica”; Mario Mendoza dice que “La otra cara de nuestra guerra tiene nombre: el desamor.”; en tanto Cristian Valencia habla de “…algo que flota en los cuentos de Alberto y no es el amor, aunque el amor inunde cada relato por los resquicios.” Estoy de acuerdo con todas – en menor grado con la de Mendoza-  y sin embargo yo hallo otra cosa, hallo un encuentro con la religión y con la erudición. Son por supuesto los elementos que cada lector halla de sí mismo en lo que lee. Casi todos los cuentos tienen una referencia o reflexión religiosa y al menos en la mitad de ellos se encuentran referencias librescas. Por ejemplo en mi cuento favorito, ¿De quién es esa sangre Susana?, en un bar llamado La Traba, aparece de manera inverosímil una fotografía de Borges –Espero que María Kodama no decida censurar también esa imagen-; en otro de esos cuentos que dejan su marca en el lector, Hoy es miércoles, señor, se puede leer una magnífica reflexión, Es ante todo en razón del tiempo que los sueños son un género literario, porque aunque no son como la vida, toman de  ella, igual que la literatura, las cosas que necesitan (Rodríguez; P. 154).
Por supuesto, como en toda colección de cuentos, hay algunos que gustan más o menos al lector. El putero me pareció casi un ejercicio inútil, mientras que al leer ¿De quién es esa sangre Susana? entendí de golpe ese juego narrativo que adorna varios de sus cuentos, donde a mitad de una frase el narrador cede la voz a un personaje.  Sin embargo debo reconocer que al menos cada cuento deja una línea, un sabor, que deja cierto regusto a veces dulce, a veces amargo, tan propio de él.           

lunes, 12 de septiembre de 2011

EL ÚLTIMO BASTIÓN




A Elizabeth, quien no suele leer este blog.

Escribir un acto de resistencia. La frase la repite Mario Mendoza en una de sus charlas, conversatorios o conferencias. Ignoro si la frase le pertenece o la cita de memoria, sin saber de quien es realmente. Escribir es resistir. No se trata de una oración, de una unidad de sentido, hueca. Es un credo, un ejercicio profundo de fe. La fe es algo que escasea en este mundo.

A los 15 años, cuando se es hombre de creencias profundas, cuando se es coherente consigo mismo, aún cuando no suceda lo mismo con el mundo, ya había tomado una decisión. No sabía hasta que punto podría uno llegar a traicionarse.

Hay una frase de un poema de Santiago Mutis Durán. Hablaba de Aquel que aplazó sus veinte años por no aceptar la derrota. No recuerdo el título del poema. Cuando lo leí, cercano a mis veinte años, sabía que estaba leyendo un anatema, una profunda herejía, una mentira. La poesía no debía decir mentiras, yo amaba la poesía, y me encantaron los poemas del libro de Mutis Durán –Tú también eres de lluvia-, pero ese poema en particular ya me avisaba, ya me prevenía. Yo estaba por cumplir veinte años, o ya los había pasado apenas y quería envejecer, quería las primeras canas en el cabello, soñaba con una mujer y un hijo, y la responsabilidad. Jamás un joven imberbe y torpe anheló tanto poder llegar a ser responsable. Tenía yo entonces la mirada apenas turbia por los desengaños amorosos, vestía una gabardina caqui bajo el implacable sol de Kalí al mediodía, y un duro cigarro apretado en la boca. Leía. Uno, dos, tres, cuatro libros a la semana. Mann, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Dostoviewskii (miento como un vil bellaco, a Dostoviewskii lo leí en el colegio, sin entender una sola sílaba, pero fue importante para mi haberlo leído en el colegio, cuando otros tantos corrían detrás de un balón, o de las piernas de una chica), Borges y toda la ciencia ficción que Editorial Bruguera pudo publicar antes de pasar a la historia. Y escribía. Uno, dos, tres, cuatro, cinco cuentos a la semana. Mientras mis profesores intentaban que en mi cabeza entraran los misterios del método científico y los principios del inconsciente, yo escribía. Era un enfermo, un poseso, un irresponsable, un escritor. Yo me había prometido a los 12, 13, 14, 15 años, que iba a ser escritor, que iba a mandar todo al garete e iba a ser escritor. Entonces mi primera novia, mi primera mujer, aquella que inflamó mis venas y mi carne entera, me dejó a un lado porque no veía ningún futuro conmigo. No podía verlo. A mi tampoco me importaba ver nada de eso, a mi sólo me importaba escribir. No podía dejar de escribir. No tenía un computador en aquel entonces. Sólo una máquina de escribir portátil que llevaba en mi maleta, que llevaba encima de la gabardina caqui. En ese entonces no comía en la cafetería de la universidad, porque no tenía mucho dinero y el poco que tenía se me iba en café y en cigarrillos baratos.

Finalmente me gradué. Nunca transigí. No autopubliqué. Uno de mis poemas – Tras los pasos de la muerte- fue publicado en una revista de la universidad. X-trés. Mi primera publicación y la primera vez que sentí el sinsabor del encuentro editorial. Al poema le editaron unos cuantos versos. La única respuesta que recibí, no fue técnica sino arbitraria. Sentí que así quedaba mejor el poema. No tengo copia de la revista. No me importaba tener copia de nada. Yo era un excelente escritor, yo escribía todo el día, yo tenía el futuro asegurado. Diez años después de empezar carrera como psicólogo me gradué. Fundé un grupo literario, o tal vez fue un poco antes. Conseguí un trabajo, dos trabajos, tres trabajos. Mi tiempo empezó a menguar. Dormí cuatro horas, dormí cinco horas y escribía. Tengo docenas de poemas y de cuentos comenzados de aquella época. Me casé. No he tenido un hijo. He publicado un libro, dos cuentos en una revista española, un cuento en la sección virtual de la revista El clavo, trabajo como evaluador de textos en una editorial y desde hace tres años comencé este blog y uno de promoción de lectura (http://lecturasparatodos.blogspot.com/), también soy docente Ya no escribo, al menos no tanto como antes. Tampoco tengo tiempo, es cierto. Me debato entre estudiar una maestría, dos trabajos, las clases de conducción, mis deberes filiales, mis deberes como esposo y las clases que no se preparan solas, pero tengo los blogs. Una vez a la semana intentó preparar al menos un artículo, un escrito o una columna. Durante cerca de dos años, mientras me convertía en ese hombre que soñé por allá a mis lejanos 20 años, me he afincado en estas líneas para mantener las manos calientes, atentas, vigilantes, febriles, como perros perdigueros en constante entrenamiento para correr tras de la presa. La vieja maquina de escribir yace sobre una de mis bibliotecas. Por un momento pensé que me había perdido. Ya no tengo la gabardina pero si estoy casado. Tengo obligaciones, un crédito que pagar. Leo, empero, aún leo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco libros al mes. Leo a Borges, Cassany, Cortázar, Marías, King, Gaiman, Martin, Mendoza, Fuentes y todo lo que se me atraviese. Me repito que no he envejecido, que si te tengo ahí leyendo esas líneas, no he perdido el encanto ni la pasión ni el talento. Aguardo. Escribo una tesis de maestría sobre literatura fantástica, diserto sobre promoción de lectura, aún percibo la mirada de Eyanael sobre mí, aún puedo ver el faro que se construye sobre Kalí, mis ojos enrojecen mientras veo como los Gifty se alejan en un cielo violáceo y la canción de los Arist, aún resuena en mis oídos.

Me preparo, Eyanael acecha. Ya se abalanza sobre mí.

Fui leal, fui valiente. Aún aguanto. El resto sigue siendo oscuridad.

miércoles, 22 de junio de 2011

La enamorada

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarías tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer anamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan als noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

Alejandra Pizarnik