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domingo, 23 de octubre de 2011

Noticias desde la Tierra de los Muertos...

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Sobre las protestas estudiantiles en Colombia:

Algunas donaciones para la educación:

Vuelve sobre la mesa la discusión sobre la existencia de Shakespeare:

La guerra y la brujería:

La historia de los AWA:

¿El idioma es una propiedad privada?:

¿El fin de una pasión?:

Sobre ETA:

Sobre el hotel en Tayrona:

Las alianzas de las petroleras:

Sobre la muerte de Gadafi:

Gadafi y Occidente:

miércoles, 22 de junio de 2011

Apocalipsis

Autor: Mario Mendoza

Editorial: Planeta.

Recomendado para jóvenes lectores.

Novela.

Mario Mendoza ha ido construyéndose durante los últimos años como un obligado referente en la literatura colombiana. Los jóvenes acuden a él en busca de respuestas que le ayudan a comprender el mundo en el que se hallan inscritos. En este sector de la población se hallan inscritos sus más grandes fanáticos, aquellos que pueden reconocerse en muchas de sus líneas, en las ganas de mandar todo a la mierda y buscar escapar de nuestra opresiva sociedad capitalista. Los críticos literarios, por otro lado, no suelen gustar mucho de Mendoza, no les convencen sus diálogos acartonados –donde rara vez se puede diferenciar un personaje de otro-, ni su prosa tipo guión –como en Satanás- , ni sus artificios inverosímiles –como en Buda Blues-, sin embargo no pueden dejar de referirse a él una y otra vez.

Mendoza es en principio dos. Uno, él que habla. Un apasionado del anarcoprimitivismo y un profeta de la miseria. Otro, quien escribe. Un prosista desmañado a quien muchas veces parece ganarle la historia, parece que no tuviera los suficientes elementos para estructurarla, para encausarla, para darle una forma coherente.

Mendoza construye sus novelas a través de escaletas. Escribe como quien guioniza, eso es sobre todo patente en Satanás. Mendoza tuvo una enfermedad en la infancia en donde la fantasía se le confundió con la realidad. En donde sufrió una suerte de desdoblamiento. Mendoza fue marcado por su cercanía, indirecta, con Campo Elías, el protagonista de la masacre de Pozzetto en Bogotá. Esos son algunos de los elementos que lo marcan, que lo estigmatizan. Eso y su rostro de terrorista árabe a punto de volarlo todo con una carga de dinamita. Mendoza hace lo que pocos hacen hoy en día, hablan de la realidad del país, se atreve a opinar sobre política. A García Márquez se le olvidó eso hace tiempo. Al fin y al cabo él es ciudadano Cubano y si se le ofrece un premio puede cambiar de opinión.

Hace algún tiempo, en una entrevista realizada por John Harold Giraldo Herrera, Mendoza mencionó que “El realismo degradado es nuestra ciencia ficción latinoamericana” (quienes deseen leer la entrevista lo pueden hacer aquí: http://www.letralia.com/224/entrevistas01.htm), de hecho esa frase se convirtió en el titular de la entrevista. Se equivoca algunas veces Mendoza juega a ser profeta, no siempre acierta. El realismo degradado posee elementos que lo hacen cercano a la ciencia ficción política, la marginalidad y como elementos de la modernidad han ido configurando una posible distopía. Sin embargo es cara de la ausencia de elementos de extrapolación más constitutivos de la ciencia ficción. Mendoza profetiza, considera que dentro de algunos años los mendigos se tomarán las ciudades. ¿Cuál es la consecuencia de esto?, ¿dónde están esas historias? Mendoza las sugiere, no las cuenta. En lugar de la rabia para este tipo de historia, nos encontramos con la profecía, con el análisis. El realismo degradado se acerca a lo que puede ser una ciencia ficción colombiana, como la que promete Carlos Sánchez o David Vásquez, como la que prometo yo una vez nos dejemos de pendejadas.

A long, long time, Mendoza inició una serie de novelas, su objetivo eran diez, que hablaban sobre Bogotá y sus demonios. El final de ese ciclo se presenta con Apocalipsis.

Apocalipsis es una novela lúcida, cargada menos de panfletarismo que Buda Blues, que encara directamente los demonios que atormentan a Mendoza. Que se atreve a hablar de las hordas de neoneardentales que se hallan bajo nuestros puentes, Hay una Bogotá atiborrada de desharrapados hambientos que la cruzan de lado a lado en busca de un dolmen para pernoctar. Del hombre que se paró frente a las paredes de la cueva de Altamira y pintó el primer bisonte, al noctámbulo urbano que dibuja y grafitea los muros y los puentes en las horas de la madrugada (Mendoza, 2011; Pg. 163);
que se hunde en la periferia de Bogotá y por ende la propia, Pero no quiero que me vayan a entender mal; esa lejanía con respecto a los demás no se experimenta con orgullo, como si uno fuera superior o como si se tratara de un ego crecido que mira con desdén al resto de la gente; no, es una distancia que duele, que hace daño, que nos hunde en una soledad malsana y destructiva. (Mendoza, 2011; Pg. 168); una ciudad a la que busca rescatar de las noticias para convertirla en un referente literario, ¿Cómo nombrar la ciudad, cómo darle a Bogotá una carta de identidad literaria, un tono que la haga única, que le otorgue un rostro, que la convierta en ella misma? (Mendoza, 2011; Pg. 247); que se ocupa de sus propias obsesiones y las rúbrica, les da forma, se las apropia con orgullo, (…)Satanás no es del mal, ni el demonio, ni la perversidad. Técnicamente hablando, Satanás soy yo, mi cuerpo anfibio, mi cuerpo larva y mariposa, mi cuerpo abeja, mi cuerpo mosca que durante cada narración sufrió metamorfosis de alta velocidad para poder transformarse de página en página y de capítulo en capítulo. (Mendoza, 2011; Pg. 248)

En las páginas de la novela Mendoza se sirve de sus propias vivencias para validar sus indagaciones. El recuerdo del delirio en su niñez, lo lleva a encontrarse con su obsesión sobre el desdoblamiento y lo lleva a cabo en la narración. Se convierte en varios personajes, quienes escriben las novelas por los que Mendoza ha ganado premios y reconocimiento. Se reconoce como varios, no como uno. Retoma los hilos de sus varias narraciones y les va dando forma, finaliza narraciones, metaficcionaliza sus razonamientos.

Apocalipsis vale leerse, no sólo por la historia que nos cuenta –que poco tiene que ver con la que nos refiere la contra carátula- sino por la profunda intertextualidad que tiene con sus otros historias y por la teoría estética que nos enrostra, incluso por esas claras y mezquinas cuentas de cobro personal que se atreve a realizar. Una obra que también nos dan ganas de revisitar las historias que nos hemos leído anteriormente y llegar a esos relatos que hemos descartado.

jueves, 11 de marzo de 2010

Carta abierta a Alberto Rodriguez

Estimado Señor Rodríguez:

Aprecio el interés que se ha tomado en mi crítica a Buda Blues, de Mario Mendoza. Sabía yo que nuestras diferencias iban a ponernos en esta posición tarde o temprano. Pero vamos en parte, así es como se nubla el espejo de la profecía. O en palabras que tal vez usted mejor entienda, vamos por partes le dijo el asesino en serie a su víctima.

En primer lugar el hecho de poder terminar Buda Blues se redujo a un compromiso tácito que había tomado conmigo cuando oí hablar de la obra por vez primera. Deformación académica también llamada en otros lares. Usted la puede llamar puñetero masoquismo, las palabras no cambian el hecho en sí.

En segundo lugar hablemos de la novelas tesis o las tesis novelas o como quiera que se llamen. No importa. El hecho que se quiera demostrar una tesis no implica que el texto obvie la anécdota sobre la que se monta. Me voy a tomar el atrevimiento de recomendarles tres libros de un solo autor para que nos situemos en un mismo contexto. El autor en cuestión es Michael Crichton. Las novelas son: “Parque Jurásico”, “El Mundo Perdido” y “Estado de Miedo”.

Las dos primeras serían un ejemplo de lo que usted llama novela de tesis. Bajo la anécdota de la clonación de dinosaurios subyace un gran texto crítico social promulgado a menudo a través de los labios del matemático Ian Malcolm. La crítica al desarrollo económico sostenido por una sociedad capitalista como lo es la nuestra salta entre párrafo y párrafo, es una sátira mordaz contra el poder de los laboratorios y el desarrollo desaforado de nuestra tecnología. Si lo quiere, ambas novelas son una alegoría. Usted es lo suficientemente inteligente para que llegado a este punto no tenga yo que explicarle que viene a simbolizar un dinosaurio dentro del marco referencial que le he mencionado.

A pesar de la tesis promulgada sin embargo, Crichton se toma tan en serio su papel de investigador que incluso promueve ciertas teorías sobre el desarrollo y comportamiento de los dinosaurios, esto llega a tal punto que un comportamiento que es mencionado en “Parque Jurásico” es refutado en “El mundo perdido”.

Hablemos de tesis de novela. Espero que al lector no importune que vuelva a hablar de “Estado de Miedo”, una de las últimas novelas de Michael Crichton. En ella se dedica a desmontar, con índice de publicaciones y extensas notas a pie de página, la teoría del calentamiento global (si se fija usted la jerga ha cambiado, ahora se habla de cambio climático que ni es lo mismo ni es igual). Los personajes monologan, lanzan largas diatribas, defienden sus creencias y esgrimen estudios a diestra y siniestra. La novela es una profunda crítica además al manejo de las corporaciones y al mundo científico en general.

¿Qué tiene que ver esto con la obra de Mendoza? Que Crichton, a diferencia de Mendoza, no olvida la anécdota en la que está embarcando al lector, sabe que es igual de importarte su tesis que la historia. La una no subyace a la otra.

Pero voy a ser perverso y voy a obviar su observación sobre las novelas tesis y las tesis novelas. Lo voy a leer con otro espíritu y es el de la libre interpretación que tiene el lector. Se lo recuerdo porque es muy fácil caer en ello. Cuando usted interpela mi manera de leer la obra –las cartas- de Buda Blues, lamenta que coincida con el señor Alejandro Gaviria (¿?) y que no coincida con usted, armado de la lectura de una tesis. ¿Está usted queriendo avaluar mi proceso lector, Señor Rodríguez? Dejémoslo ahí.

En tercer lugar. Hablemos del recurso de las cartas. Mi generalización no es osada, proviene del marco referencial en el que me muevo, que no es el mismo de hace 10 o 20 o 30 años. No nos gusta eso pero que se le va a hacer. Veámoslo más a fondo.

Ambos personajes reconocen tener correos electrónicos. Ambos personajes los ignoran por completo y se envían sendas y largas y detalladas cartas en las que abundan el recuerdo preciso de diálogos y sucesos y temores y saberes y tesis, muchas tesis acerca de La Cosa (como me recuerda el término el bendito “Informe de Ciegos” de Sábato). Hasta ahí no hay problema. Uno puede creer que una persona ignore que el sistema de correos es tan frágil, falible y vulnerable como los correos electrónicos. Sí, Señor Rodríguez, las cartas son interceptables y le recuerdo que en nuestro país las autoridades no sienten el menor remordimiento a la hora de chuzar teléfonos. No sería nada para ellos interceptar una carta arguyendo el consabido argumento del terrorismo.

Sin embargo el problema no son las cartas, como usted ha interpretado, son los personajes que escriben las cartas y la manera en que lo hacen. Si descartamos lo que relatan y el lugar desde donde lo hacen, los personajes nos e diferencias. Es decir, sus voces son idénticas. Por eso afirmé en su momento que el juego de espejos no es creíble. Que se escriban cartas, vaya y venga, que sean casi tan largas como esta en la que le estoy dando respuesta, no es el problema. Los personajes no son creíbles, distancia al uno del otro el uso de la expresión coloquial, maestro. Poco más. Es allí dónde está el problema de las cartas.

No puedo evitar recordar esos primeros relatos de la ciencia ficción norteamericana que consistían engrandes monólogos de los personajes principales acerca de una cuestión cualquiera. Nunca importaba cómo eran, si tenían familia, si lo mangoneaba la mujer, importaba la discusión científica. Esos primeros relatos pertenecen a las primeras décadas del siglo 20. “Buda Blues” es escrita casi cien años después.

Hay una discusión final sobre la respuesta del lector ante una obra y es su gusto, independientemente en muchas ocasiones de los argumentos que pueda o no pueda tener, y lamento decirlo- lo lamento porque me gustaría que fuese diferente- pero “Buda Blues” no me gustó. Se quedó corta ante las infinitas posibilidades que ofrece. Quizás eso confirme otra cosa, la literatura no es el lugar para el panfleto en primer lugar sino para el relato. Considero que cualquier autor debe tener en cuenta eso en primer lugar, el discurso ideológico debe subyacer ante cualquier historia, no competir con ella.

Cordialmente,

Andor Graut.

lunes, 18 de enero de 2010

Buda Blues


Conocí a Mario Mendoza hace un par de años cuando hacía parte del Taller Literario “Écheme el Cuento”, suscrito a RENATA. A todos los integrantes del taller nos impresionó la claridad de sus ideas y su compromiso con el oficio de las letras que alcanzaba niveles de neurosis desconocidos para la mayoría. Para esa época yo acababa de leer “Satanás” para saber al menos que escribía. En aquellos tiempos de mi propia tierra sabía de unos cuantos y Mario Mendoza sólo era un ilustre desconocido. “Satanás” me caló por algunos hilos argumentales aunque lo detesté por la forma en que estaba escrito ya que parecía un guión de cine con diálogos pocos creíbles. Pero olvide todo eso cuando escuché la potencia de las palabras del autor, cuando nos habló de su vida, arte y zozobra. Fue entonces cuando nos habló del anarcoprimitivismo y la resistencia a un sistema atroz que busca aplastarnos a todos en sus tentáculos cruentos. Sus palabras florecieron en nuestras cabezas y todos nos empeñamos desde ese entonces a resistirnos a partir de las letras.


Dos años después, semanas más semanas menos, por fin llega a mis manos el libro que en ese entonces nos había anunciado, Buda Blues. Esperaba una conflagración, que el coctel molotov arrojado por el hombre de la caratula estallara en mis ojos y los abriera a nuevas ideas. Temía, debo admitirlo, que la novela dejará además sin piso una idea que he trabajado durante años sin poder darle forma del todo. Anarcoprimitovismo fue el concepto del que más nos había hablado Mendoza esa tarde y era el eje central de la novela. Uno puede esperar mundos a partir de ese concepto, que digo mundos, universos, dimensiones enteras. Buda Blues no resultó ser nada de eso. El fuego se apagó cuando Mendoza llevó las palabras al papel.

Buda Blues es el cruce de cartas entre dos personajes que se hallan en realidades distintas y que hablan de unos temas atroces que parecen no tocarlos a ellos a pesar que ellos mismos afirmen una y otra vez al lector que sí, que están jodidos y frustrados y traumados. Los personajes dicen cometer actos terribles y se quejan y se lamentan pero ante el lector nada de esto es creíble, entre otras cosas porque Mendoza no narra, resume. Uno se encuentra ante unas ideas magnificas que son dejadas de lado, a duras penas mencionadas. Mendoza habla de una organización gigantesca que ayudó a Pablo Escobar a escarpar de la cárcel. Pero uno no ve a Escobar ni sus peripecias ni sus transformaciones ni sus búsquedas insensatas. Se puede alegar que la novela no se trata de Escobar. Claro que no, pero que novela se puede construir a partir de Escobar como personaje secundario, esbirro de una trama que se le escapa de las manos. Que novela se le escapó a Mendoza de las manos porque quienes nos narran están más interesados en filosofar antes que en narrar. De hecho nadie se come el cuento que se trata de un cruce de carta. A nadie convence el subterfugio ni el cruce de espejos. Buda Blues termina siendo una mala imagen de lo que esa tarde nos prometió Mendoza, ante todo porque se trató de lo mismo que nos dijo el autor, un ensayo disfrazado de novela que no se termina de convencer a sí misma.

Mencioné antes que tuve temor ante el libro de Mendoza porque trabajo hace mucho tiempo en una novela con el mismo sustrato. Una de las razones por las que nunca he podido cruzar la página 80 sin eliminar el documento es porque mis personajes resultan ser planos, buenos muy buenos, estereotipos de héroes de televisión. Sólo soy un novato en esto. Mendoza no y sus personajes tienen ese defecto, son buenos buenotes, rodeados de buenos buenotes, rodeados de mal por toda parte pero el autor insiste en justificarlos y redimirlos.

Lástima, Buda Blues se quedó siendo tan sólo el resumen de una idea magnífica.