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lunes, 5 de agosto de 2019

CLASE


Sucedió en el aula de clase.

Más exactamente en la clase de Martínez, el profesor de Geometría.
Martínez era el típico profesor cirujano. Un hombre viejo y cansado que hacía eones hacía parte del colegio, que tenía una voz cascada que era casi un susurro, y un andar vacilante. Pocos se acordaban de él al decir el discurso de graduación, aunque casi todos recordaron después que siempre tuvo una palabra, un gesto amable con ellos. Eso sucedió después, por supuesto, porque la única sensación que Martínez le producía a los estudiantes era sueño.

Por supuesto no todos reaccionan de la misma forma ante el sueño, y Camilo era de aquellos que respondía de la forma más burlona y altanera posible; de esos alumnos que daban zapes, tiraban papeles, pasaban notas, sacaba el celular y hablaba en clase. Aquel que de forma abierta, siempre desafiaba al profesor.

Ese día no era la excepción. Martínez llevaba ya 7 minutos alegando con Camilo, intentando que pusiera cuidado, cuando Andrés comenzó a castañetear los dientes. Eso fue lo primero, que de un momento a otro se comenzó a escuchar los dientes de Andrés golpeando entre ellos. Al principio, fue muy despacio, casi nadie lo oyó ene se primer momento, y luego cada vez más duro, al punto que Martínez y Camilo se callaron buscando el origen del sonido. Luego, Andrés se arqueó con gran violencia, empujando su mesa hacía adelante, casi clavándosela a María en la espalda, quien se volteó para gritar a Andrés hasta que vio que sus alumnos salieron disparadas a los costados. De una forma muy extraña, Andrés parecía casi acostarse sobre el respaldo de su asiento. Acostarse tal vez, no, sostenerse es más correcto, porque pronto los pies de Andrés también se alzaron, y luego vino la babaza. Una baba espesa y verdosa que comenzó a salir de los orificios de la cara de Andrés, ojos, nariz, orejas y boca comenzaron a caer sobre el piso y a regarse por todo el salón. Para no tocar ese líquido horrible, los estudiantes nos subimos a los puestos. Nunca había escuchado el salón tan en silencio. De hecho, nunca había escuchado el colegio tan en silencio, pues incluso los ruidos de los otros salones nos llegaban como si vinieran de muy lejos, tal vez de Marte o de Plutón. Fue en medio de ese silencio que Andrés habló, aunque no era su voz ni nadie entendió sus palabras. Era como un vómito puntuado por babaza que volaba por todo el salón, cayéndole a uno en la cara y a otros en la cara o en las manos. Era asqueroso, pero nosotros sólo podíamos ver.

Fue entonces cuando volteamos a ver a Martínez, En ese momento lo buscamos con la mirada porque no sabíamos qué hacer y él era el adulto, y si alguna vez habíamos necesitado un adulto que supiera qué hacer era en ese momento. Martínez tenía los ojos cerrados, mientras había cogido la regla con la que dibujaba la recta de los números naturales frente a él. La voz de Andrés, o lo que estuviera  en Andrés, comenzó a subir de volumen, mientras una lengua larga y puntiaguda comenzaba a salir de su boca. En ese momento me oriné encima. No me da pena decirlo, porque no fui el único que lo hizo. Juanita lo hizo, y creo que Julián también, aunque luego lo negó. Recuerdo eso, y recuerdo el olor; un olor fétido a alcantarilla, a animales muertos, a animales muchísimo tiempo muertos y removidos por los gusanos y los buitres y las cucarachas; un olor que hizo que nos saltaran las lágrimas y nosotros pensando que nos íbamos a morir, y el pendejo de Martínez que no hacía nada, y nadie venía en ese momento a ver qué pasaba, ni siquiera la secretaría que siempre interrumpía la clase, y mientras tanto la babaza que subía cada vez más.  Pensé que nunca iba a volver a ver la luz del sol, ni los calzones de Andrea cuando me di cuenta que había una voz que no logré identificar que comenzaba a elevarse, diciendo lo mismo una y otra vez aunque no entendía un carajo de lo que decía, solo que sonaba como Lorem ipsum dolor sit amet, una y otra vez. Y yo me volteó a mirar y veo que la voz era la de Martínez que ya no parecía ni tan viejo ni tan arrugado ni tan jorobado. Su voz era segura, muy segura. Lo que no supe era cuándo la regla había crecido y cambiado de forma, porque de repente era un palo grandísimo más alto que cualquiera de nosotros, un palo que Martínez tenía ahora en posición vertical frente a él, aunque ya no lo podía mirar bien porque la cara de Martínez estaba brillando. Entonces, recuerdo, que Martínez golpeó fuerte el palo contra el piso, y todos salió volando contra las paredes, y cuando digo todo, éramos todos también porque del palo salió una onda de luz pura, purísima, que nos obligó a  acerrar los ojos, mientras nuestros oídos amenazaban también con estallar porque la voz de Martínez había crecido muchísimo, como si fuera la voz de algún dios que hablara a través de él. Entonces todos nos estrellamos contra las paredes, incluso algunos dijeron que contra el mismo techo.

Cuando pudimos volver a ver, todos, incluido Andrés estábamos tirados en el piso. Recuerdo entonces que me volteé a mirar a Martínez y lo vi agarrado al báculo, con una rodilla en la tierra y con el rostro mostrado un cansancio como el que le vi a mi padre cuando años después moría de cáncer en el hospital. Era un rostro que tenía sobre sí todo el cansancio del mundo. Recuerdo que pensé entonces que Martínez se nos moría.

Fue entonces cuando entró la directora a preguntar que qué era todo ese escándalo. No se me ocurrió sino decirle, que a Martínez se le había ocurrido una dinámica y que por eso era el desorden, pero que era una muy buena dinámica que nos había ayudado mucho a todos. Escuché que los otros decís que sí, que ya ellos limpiaban y organizaban el salón.

Nadie volvió a decir nada sobre lo sucedido después, pero la clase de Geometría fue la más respetada desde ese entonces, y ese año, los que nos graduamos sólo tuvimos palabras de agradecimiento sobre Martínez. Decíamos, porque no sabíamos decirlo de otra forma, que él había echado al demonio de la ignorancia de nuestras cabezas y de nuestros corazones.  

lunes, 19 de diciembre de 2011

¿La muerte de la ciencia ficción? o hacia una ciencia ficción latinoamericana.



En la revista El librero  de Julio de 2011, se puede leer un artículo de Federico Kurso que comienza con una sentencia atroz, Los escritores de ciencia ficción se jubilaron el mismo día que murió el futuro: el 11 de septiembre de 2011. Luego pasa a hacer una descripción de todos los fenómenos que nos han acompañado durante estos últimos años y resume, en una forma en que uno no puede dejar de estar de acuerdo, en la que mi generación no puede dejar de estar de acuerdo: El sentimiento predominante de los primeros tramos del siglo XXI no es el de alienación, soledad o indiferencia. Es el de defraudación. El de haber sido robados. Sin preludios ni avisos preventivos, el futuro fue clausurado. Desapareció incluso como posibilidad y territorio literario. No hay libro ni película ni objeto cultural que imaginen la vida en el año 3341. Líneas, o páginas, más adelante, el autor desafía al lector a que menciones tres autores importantes de ciencia ficción de los últimos años.  Aunque puedo nombrar a Stephenson, Collins y Scott Card. Sé que la mayoría de lectores colombianos, quienes aún ven en las librerías más de Asimov que de Los juegos del hambre, quien todavía no puede encontrar a Phillp K. Dick en la estantería de una biblioteca pública se habría visto en figurillas para nombrar más de dos.
La afirmación de Kurso me pareció sensacionalista e injusta. Sin embargo algunas semanas después me encontré con un artículo de Neil Hollands (SF/ Fantasy´s epic journey) en Library Journal en donde habla de las diferentes formas que ha asumido  la fantasía y la diversa salud de sus subgéneros. No es coincidencia que el género con más problemas en el momento sea la ciencia ficción. Hollands menciona una serie de eventos como las nuevas tendencias de la NASA sobre los viajes al espacio, el pesimismo natural del género y la crisis de la bolsa, entre otras, que incentiva al lector promedio hacia otras formas de fantasía –tal vez más felices- que no le recuerde el mundo caótico en el que se halla.
De acuerdo a los dos autores, ese gran filón de imaginación y visión se está secando porque mucho de lo que se vio en el futuro se está cumpliendo ahora, porque las personas no quieren adentrarse en más visiones de pesadilla. Los escritores de ciencia ficción lo vieron en el siglo XIX, a mediados de los años 90’s, lo están viendo ahora.
Cuando era niño quería escribir como Del Rey, como Dick, como Asimov. LA realidad me enseñó otra cosa, la tecnología no era cosa de Latinoamérica, menos de Colombia. Si se quería hacer algo fantabuloso (Así usaba uno las palabras en aquel entonces), entonces había que emigrar a Estados Unidos, Rusia o Japón. En aquella época –bueno, también en esta, no tenía billetes sino palabras, así que la idea de viajar a otro país era un chiste. Soñé con ser astrónomo y una cátedra universitaria en Colombia sobre el tema sigue siendo un chiste. Lo único que me quedó en aquel entonces fue la ciencia ficción.
La realidad me impuso una realidad que me exigía escribir de cosas diferentes, crear un mundo de posibilidades diferentes, porque yo no era norteamericano ni ruso ni europeo. En lo que fallan ambos artículos es en considerar la muerte de la ciencia ficción porque no se habla del año 3000 o porque los norteamericanos tienen miedo de vislumbrar el futuro que se han tejido. No, la ciencia ficción tiene, precisamente, un amplio futuro en los países latinoamericanos, Colombia en especial, porque ante el afán consumista de los países del primer mundo y nuestro pobre manejo de los recursos nos han puesto en la mira de la economía mundial en los próximos años, con todo lo malo y terrorífico que acompañe a ese futuro, porque la ciencia ficción implica una manera de ver el mundo en la que obliga a los lectores a hacerse cargo y a responsabilizare de ese futuro que se avizora.  
Es hora también de navegar en ese amplio terreno de posibilidades que nos hemos tejido y entretejido durante los últimos años. Es innegable que vamos a tener que incluir la corrupción, el narcotráfico, la guerrilla, los trancones y los aeropuertos de pobre infraestructura en nuestros relatos; es innegable también que vamos a tener que imaginar un mundo más amplio en el que las relaciones diplomáticas e internacionales sean relevantes y tengan un peso en la historia.  Liliana Bodoc dio un paso gigantesco cuando construyó una fantasía épica latinoamericana en La saga de los confines, es el momento en que el escritor latinoamericano de fantasía y ciencia ficción asuma el relevo que la época impones y se encargue de abrir una nueva época en la historia de la ciencia ficción latinoamericana.
P.D. No puedo dejar de mencionar que la editorial Laguna Libros, reedito tres libros de ciencia ficción  publicados originalmente entre 1928 y 1936. Más información aquí: http://bogota.vive.in/libros/articulos/diciembre2011/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR_VIVEIN-10918108.html

    

jueves, 11 de agosto de 2011

Escepticismo

Desconfío de los políticos en general y más aún de la política colombiana. No recuerdo a ningún presidente decente en mi vida. En mi niñez solían decir que iba a hablar mi papá cuando el Presidente de la república interrumpía toda la programación para dirigirse a la nación. En esa época se referían a Belisario Betancourt, uno de los responsables del magnicidio del Palacio de Justicia. Uno, no el único. Después vino Barco y después Cesar Gaviria, si la memoria no me falla. Al igual que muchos colombianos pensé que Galán iba a significar un cambio, pero lo mataron y en cambio llegó Gaviria. No sé ni siquiera bajo que gobierno estaba cuando ingresé en la Universidad del Valle. Por supuesto la política estuvo presente en muchas ocasiones. No milité bajo ningún lado, pero me asqueaba que la solución de los estudiantes fuera tirar papas bombas y atrincherarse en la universidad pública durante toda su vida para no enfrentarse al sistema. Mi camino, decidí entonces, serían las letras. Al hacerlo, y pertenecer a una clase social baja, intentaron ficharme de una columna guerrillera. Los mandé a hacer puñetas y pretendí seguir un camino neutral. Luego llegó el gobierno de Pastrana que le apostó todo a la paz con la guerrilla y legó una foto al lado de una silla vacía. Bajo su gobierno se fortaleció la Guerrilla. A Samper, recuerdo, no lo dejaron gobernar por descubrirle lo que tantos políticos, antes y después, han hecho. Después de eso llegó el gobierno de Álvaro Uribe, que en lo único que se distinguió fue en no hacer parte de la oligarquía tradicional. Gobernó durante ocho años y bajo su gobierno floreció la violencia de estado y el paramilitarismo. Ahora nos rige Santos y las posibilidades tampoco son buenas. Tengo memoria, así que no puedo creer.

Mi generación ha sido signada por no tener una figura en la que creer, o en ídolos de barro que prometieron sin cumplir y que siguen empeñados en sostener las mismas ideologías bajo nuevas caretas. Aunque muchos quieran creer que el gobierno de Santos alberga un cambio, hay quienes olvidan que él fue protagonista de una política nefasta. Y aunque hoy se enfrente a las líneas de su antiguo patrón, en el fondo son la misma cosa. La gente parece no recordar que bajo la dirección de Santos se dieron los falsos positivos, y que en eso es cómplice de Uribe. Si este fuera un país coherente, las mismas investigaciones que salpican el nombre del terrateniente paisa, estarían señalando a nuestro actual gobernante como responsable de las muertes de muchos compatriotas, que fueron asesinados, expropiados, torturados y desplazados para mostrar unos resultados que sólo pueden medir los números y que no se corresponden con la realidad. Por eso me asquean las encuestas y las opiniones de los analistas.

Política ha significado en ente país, mentira y afán de poder. Me gustaría creer, por supuesto. Al igual que a muchos de los ciudadanos de este país - donde nos enseñan a esperar que está bien que los poderosos roben siempre y cuando hagan algo por el pueblo- nos gustaría saber que hay una luz al final del túnel. Sin embargo nos encanta criticar y no proponer soluciones. La nuestra es también una revolución callada.

Mi única opción ha sido dedicarme a la fantasía y la ciencia ficción. No ha sido una decisión fácil. Sería mucho más sencillo escribir de putas y travestis y narcotráfico. Empero considero que la fantasía y al ciencia ficción son necesarias para que los lectores consideren que hay otros mundos posibles. Un mundo donde será posible hacer humor, por ejemplo, sin que los disparos sieguen las sonrisas, un poco maniáticas, un poco sarcásticas, y donde el único humor posible no sea el del patán aliado al poder, el de los chistes acerca de los aspectos físicos de los protagonistas de nuestra nación; un mundo donde la posibilidad de la oposición sea castigada y un solo hombre pueda en verdad hacer una diferencia; un mundo que espera un cambio de paradigma y que lucha por ello. Mi única fe, puede constatarse, se halla en el papel, en las letras y los conjuros que estas puedan tener sobre unas cuantas personas.

jueves, 28 de julio de 2011

Colombia: nuevas lecturas, nuevas historias

Hasta hace poco tiempo, un par de años quizás, leer literatura colombiana era para mí lo mismo que cruzar un campo minado. Aparte de Opio en las nubes, de Rafael Chaparro Madiedo y Changó, el Gran Putas, de Manuel zapata Olivella, literatura colombiana sólo era sinónimo de Pornomiseria. Lo único que me impulsó a leer Rosario Tijeras, fue ver el delicioso cuerpo de Flora Martínez en su adaptación cinematográfica. Puro morbo. De alguna manera creo que en eso me identifico con el colombiano masculino promedio, en el morbo. Sin embargo una vez superado, me pongo a ver otro tipo de elementos como el ritmo literario, la verosimilitud de los personajes, la coherencia de los hechos y la cohesión de la narración; como el cliente de un burdel que después de su primera revolcada se pone a ver el color de las paredes y la calidad de la decoración. Uno de esos libros que me habían atraído con anterioridad fue La lectora, de Sergio Álvarez, que a pesar de tener una buena anécdota, la trama paralela del libro la echa a perder casi por completo, porque no es creíble, porque ese supuesto libro está mal escrito. No es al único al que le ha pasado esto por supuesto. El protagonista de Misery, quien se supone es un escritor de renombre, escribe una bazofia, que haría que cortarle los dedos de las manos fuera más un favor que una tortura.

En esta sesión de vacaciones decidí atacar al menos tres producciones colombianas. Dos de Santiago Gamboa (Perder es cuestión de método y Necrópolis) y, debido a los infinitos comentarios de Danny, mi bibliotecario de cabecera, me decidí por El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, autor del que no sé nada más.

Fue una experiencia mejor de la que pensaba. Y digo mejor, porque en la última década los fenómenos del sicariato, del tráfico de drogas, de la prostitución, del secuestro, marcaron de manera indeleble las letras colombianas. En algunas ocasiones porque se trataba de una herida que debía ser tratada, en otras porque el afán mercantilista buscaba relatos fácilmente adaptables al género audiovisual. Y así debimos soportar también en las telenovelas y el cine, el exceso de historias sobre lo mismo; el mismo guión de Victor Gaviria donde gonorrea, era la palabra más frecuente. Teníamos los noticieros y teníamos pornomiseria y teníamos realidad y cualquier propuesta diferente no tenía cabida en las vitrinas de las librerías ni en las pantallas ni siquiera en las salas de teatro. Cocaína, prostitutas, balas y malas palabras eran el pan de cada día de nuestra dichosa realidad y de nuestro dichoso arte. No había escape.

Las cosas parecen haber cambiado. Perder es cuestión de método, no es muy diferente de su versión cinematográfica. Una versión muy gris, muy de la novela negra, de la vida de un periodista de crónica roja, metido en algo que se le sale de las manos. La novela tiene buen ritmo y atrapa fácilmente al lector. Necrópolis es otro cuento. Es una historia donde una multitud de personajes se reúnen en un congreso sobre la memoria y cuentan sus diversas historias. Se trata casi de un libro de diversos relatos aunados por una suerte de metahistoria. Sin embargo cada voz está muy bien delimitada y el lector empieza a querer saber más de la relación de todos esos personajes. La novela se halla situada en Jerusalén, en medio de las guerras y los disturbios, el congreso tiene lugar en un hotel, que a menudo recibe los impactos de las explosiones. Uno de los personajes cuenta la historia de una víctima del paramilitarismo colombiano, en clave de adaptación del Montecristo de Dumas. Nos encontramos así con una alegoría dentro de la alegoría.

El ruido de las cosas al caer, termina siendo una historia que se lee de prisa pero que exige lentitud, saborear cada palabra, cada giro de la historia, cada momento descrito. La historia se centra en el impacto que ha tenido la violencia del narcotráfico en la generación nacida en los primeros años de la década de los setenta, en como esa violencia ha signado cada uno de los actos y vidas de esa generación. Aunque no nos haya tocado directamente, todo colombiano fue tocado, señalado, víctima de esos actos. El nombre de Escobar sale nombrado sólo un par de veces. No hay una sola señal de crueldad. La pornomiseria no tiene lugar aquí. Creo que hay dos o tres putazos, no más. El libro tiene un muy buen ritmo, que en algunos momentos acusa la influencia de Javier Marías, y llega a un final que explica todo y que sin embargo queda abierto y deja al lector expectante, atento a eso que se le viene encima.

Más allá sin embargo, de poder encontrar tres buenas historias, también hay un suspiro de alivio. En la medida en que muchos de los elementos de esa violencia que nos signó a todos, de esos enfrentamientos bárbaros que nos siguen tocando (no, el narcotráfico, la guerrilla, el paramilitarismo y la corrupción están ahí vivos y triunfantes) se mantengan como elementos de fondo de las historias que se narran y no como los únicos protagonistas posibles, se podrán trazar nuevas historias y construir otro tipo de futuro desde la ribera literaria.

Mario Mendoza, en alguna de sus entrevistas, menciona que el realismo degradado es la ciencia ficción latinoamericana. No es cierto. Pero en la media en que escritores como él, como Gamboa y como Vázquez, se dediquen al oficio de la literatura y no al de la catarsis, es posible que podamos disfrutar en unos pocos años de una literatura fantástica y de ciencia ficción colombiana; será posible quizás que las editoriales dejen de buscar pornomiseria y se dediquen a publicar buenas historias, aunque no se puedan adaptar fácilmente al cine y a la televisión.

martes, 19 de julio de 2011

Ciencia Ficción y Fantasía en Colombia

Según el artículo de El Espectador, ¿A dónde te fuiste fantasía? http://www.blogger.com/(http://www.elespectador.com/impreso/cultura/articulo-284469-donde-te-fuiste-fantasia [19/07/11]), las librerías Francesa y Nobel han convocado para esta semana unas tertulias sobre literatura fantástica con el fin de que se reencuentren los viejos y nuevos lectores de este género literario. El tono del artículo sin embargo es precario y generalizador. Por un lado se apega a la definición de Todorov de lo que es Fantasía, desvinculando así a autores como J. R. R. Tolkien o C.S. Lewis, quienes se hallan fuera de estas definiciones. En segundo lugar desconoce la existencia de una tradición fantástica latinoamericana anterior a Borges y a Cortázar; y en tercer lugar sitúa el origen de la literatura fantástica en Estados Unidos con las obras de Poe y Lovecraft, cuando la literatura fantástica nace en Europa, a finales del siglo XVIII.

La información de El Espectador es superficial y desconoce además una responsabilidad esencial en la existencia de escritores de literatura fantástica en Colombia, la editorial. Dice este mismo informe que Colombia posee una tradición más realista. Esto es inexacto y desconoce las tradiciones por las cuales se ha dado esto. Colombia es uno de los países más conservadores de latinoamerica, en donde hasta los gobiernos liberales llegaron a considerar a los indígenas como símbolos de atraso y propusieron la solución de exterminar la mayor cantidad de negros e indígenas, como sucedió con el gobierno de Rafael Uribe Uribe. Uno de los efectos de este tipo de políticas se refleja en el campo educativo, donde las editoriales y docentes aún se inclinan hacia los textos moralizantes y aleccionadores como los más indicados para el público infantil y juvenil. En donde los padres se escandalizan ante una escena de corte sexual por considerar que los “niños” no deben saber de esas cosas. Nuestras editoriales son así, pacatas y conservadoras, al menos hasta donde las cifras lo den. Porque de la misma manera salen a la luz porquerías como “El cartel de los sapos” o libelos de mierda que hablan sobre las prepago colombianas.

Son pocos los intentos de publicación de literatura fantástica en nuestro país. Uno de ellos es Vampyr de Carolina Andujar. Que se dio a conocer primero de manera independiente, y luego si publicado por Editorial Norma. Otro de los ejemplos es Egon de Edgard Westendorp, colombiano a pesar del apellido. Qué decir de la obra de Antonio Mora Vélez o de René Rebetez, que parece ser más conocida por fuera que dentro de Colombia.

La literatura fantástica en Colombia no ha tenido mucha oportunidad, la verdad sea dicha, porque se hallan más interesadas en las historias de sangre y cocaína, que puedan ser llevadas más rápidamente al cine o a la televisión. Incluso los editores se ufanan de publicar este tipo de obras, como quien crea una nueva franja editorial.

La literatura fantástica Colombiana, señores de El Espectador, se halla viva, en la medida en que a las editoriales les interese publicarlas y se den a la tarea de descubrirla.

viernes, 7 de mayo de 2010

Hacia la construcción de una literatura de fantasía y ciencia ficción latinoamericana. Primer ladrillo.

En el prologo a “El reino de este mundo” Carpentier apunta sobre las formas estereotípicas que ha alcanzado la fantasía proveniente de Europa (claramente influenciadas por el surrealismo) y propugnaba por la necesidad de construir una literatura proveniente de las creencias propias de los americanos. “Realidad maravillosa” la llamó él, puesto que veía que este suelo regado por la sangre de indios, negros y blancos era fértil en el desarrollo de variopintos paradigmas que convivían sin orden ni concierto –pero al fin y al cabo convivían – unos con otros.

Carpentier tuvo una poderosa intuición, en nuestra tierra habitamos con centenares de criaturas a cada cual más extraña y no se nos da un ardite. Sin embargo, este realismo maravilloso, es quizás el mismo tipo de realidad que vivía un campesino del siglo XVIII, un transilvano del siglo VII o un romano del siglo II a.c.. Es decir, todos los pueblos han tenido estadios de convivencia con paradigmas maravillosos de realidad. Lo maravilloso nuestro es fantástico para quien nos ve desde afuera, lo que nosotros vemos como fantástico en Europa, Australia o Japón suele ser una suerte de realismo maravilloso para ellos. En pleno siglo XXI los chinos conviven con los espíritus de sus antepasados al igual que los norteamericanos encienden una pira en el bosque y se cuentan historias sobre el wendigo.

Posteriormente la escritura de Manuel Zapata Olivella (colombiano) daría a luz algo que él llamó “realismo mítico” y puso a los elegbas a cabalgar a los hombres y a los muertos a pelear en las guerras de los vivos. La poderosa e inteligente escritura de Zapata se ha visto relegada a un segundo plano, en muchos casos, por mero desconocimiento.

El caso de García Márquez, aunque merecedor de mejor suerte, no produjo herederos sino una amplia suerte de imitadores. Un caterva de bebedores de su manera de escribir pero no de su espíritu pegado al realismo mágico. Aparte de ellos, de Borges –aparentemente tan europeo- y de Cortázar –aparentemente tan singular -, no ha habido fuertes representantes de una fantasía que beba de las mismas fuentes de las que bebieron los muiscas, los aztecas, los negros y los mestizos que heredamos todas esas tradiciones.

Uno de los mejores logros alcanzados a este respecto ha sido el de Liliana Bodoc con su saga sobre “Los días de la sombra”. En donde parte de la creencias y formas de ver el mundo de los mapuches, los incas y los mayas para construir sus tribus que buscan aunarse para enfrentar la sombra que llega allende los mares.

Tenemos obras, hemos tenido autores, pero no tenemos una tradición. No existe aún el canon de lo fantástico y de la ciencia ficción (de esa hablaremos después). Es un orificio en la urdimbre de nuestra identidad literaria. Se hace necesario que hoy comencemos a tejer esos caminos.

(Continuará)

domingo, 19 de julio de 2009

Camelot ha muerto. Viva Camelot!!!!!!!!!!!!


Definitivamente no éramos los más conocidos ni con muchos los más faranduleros. Fuimos pocos pero fuimos persistentes y nos quemamos la sangre escribiendo lo que pocos en esta tierra de mierda se atreven a escribir, escribimos nuestros sueños y nuestros deseos y nuestras pesadillas. Escribimos eso que llaman fantasía y ciencia ficción.
La mayoría de sus integrantes nos fuimos conociendo hace más de 15 años y poco a poco nos congregamos en la inútil y gran pasión de las letras y las historias que fabulábamos alrededor de nuestros héroes. Algunos de nosotros hemos ido publicando en el trayecto, otros guardan sus páginas para editores más visionarios o con mayor talento.
Resistimos. Aún hoy, cuando nos separamos de manera cuasidefinitiva resistimos. Resistimos escribiendo, anteponiendo lo sueños a la muerte, anteponiendo la esperanza al mercantilismo. Aprendimos a las malas que escribir pornomiseria no es negocio pero es talento, que no rendirnos ante la novela del secuestro o del tráfico de drogas no vende, pero nos deja en paz con nosotros mismos. Aprendimos que nos gusta hablar más de mitología nórdica y de Neil Gaiman que la obra del último traqueto que se convirtió en telenovela.
Hicimos historia aunque la historia no se haya dado cuenta. Fuimos el único grupo centrado en la ciencia ficción y la fantasía cuando en Colombia no se sabía que El Señor de los Anillos era un libro y que Matrix pertenecía a un genero llamado Cyberpunk. Así que no aceptamos mierdas ni prevendas, en medio de la mediocridad, de las roscas y de las inmundicias, de los amigos de tal o cual escritor, Camelot sobrevivió y murió leal a sí mismo. Camelot ha muerto... Viva Camelot!!!!!!!!!!!!!