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sábado, 22 de mayo de 2021

SABLE XII

 

-SABLE XII-

No hubo sable. Solo oscuridad. Luego nada.

     Alcanzó a rozar la empuñadura antes de que el mundo se le viniera encima. Sintió arañazos, mordiscos, golpes, sintió que el aire se le escapaba. Un tentáculo se enrolló en una de sus piernas. A pesar de todo intentó seguirse arrastrando. Creía ver una luz nimbando el sable y detrás de ella algo como una silueta. Agudos dientes le atravesaron una muñeca. Una cola escamosa buscó estrangularlo. Se encontraba tan cerca. Una llama de fuego envolvió todos y a todo. Cerró los ojos. Curiosamente no sintió nada.

     Nada.

     Se fueron las escamas, los pelos, las garras, los dientes, el cuero; se fue la opresión. Por un momento pensó que había muerto. Luego recordó el sonido de la camioneta, como su comprensión del todo había cambiado, los fríos ojos grises, el desierto y el sable. Sonrió. Abrió los ojos. Un rostro demoniaco se abalanzaba sobre el suyo, una garra intentaba sacarle un ojo. Se alzó. Los cuerpos cayeron tras él como muñecos de trapo. Lo vieron con estupor.

     Delante de él estaba el sable. De tras de él había otra figura que se le parecía; que vestía lo que parecía ser una vieja armadura de cuero y un sombrero de hongo en la cabeza. La figura sonreía, y al igual que el sable, al igual que él, era real.

sábado, 15 de mayo de 2021

SABLE XI

 

-SABLE XI-

 

 

Ahí, bajo el sol reverberante se halla el sable. Duele a la vista y el chico no sabe por qué. De alguna manera no termina de entender aquello que está ante sus ojos porque es la primera vez que ve algo real. 

Poco a poco lo va entendiendo. La empuñadura, de oro y plata, dibuja un par de dragones alados entrelazados, cuyas cabezas se extienden hasta formar la guarnición. La hoja es simple y limpia con una ligera curvatura. El filo es capaz de cortar la luz.

El chico no ha notado que su boca está seca, que sus pasos comienzan un baile en medio del desierto, evadiendo rocas grandes y pequeñas, mientras se dirige hacia el sable, el centro del pequeño laberinto que los eones han tejido. Ojos pétreos se fijan en él, expectantes.

El chico camina. Atraviesa galaxias a su paso. Universos enteros. Atraviesa la fina membrana que separa la oniria de la realidad. Sus manos llegan a la empuñadura que le reconoce como propio. Se agita en sus venas la sangre Noar (sangre que él no sabe que posee) y siente una certeza que nunca antes había tenido.

A su alrededor la piedra toma vida y escucha el aullido de quienes han sido encerrados por una eternidad.

martes, 11 de mayo de 2021

SABLE X

 


-SABLE X-

 

Hubo una vez un chico que soñó. Soñó en algún momento con viajar a otros mundos o capturar a los malos. Soñó luego con hacer carrera y ser admirado. Entonces murieron sus padres y solo soñó con ellos. Durante mucho tiempo soñó con ellos. A veces hubo otros sueños. Sueño de los que solo recordaba nombres como Armún o Tzad-Al-Buld. Eso, antes del trabajo o del estudio. Entonces la rabia lo invadió y solo pudo soñar en rojo, en fuego y en destrucción. Los edificios quemados, los ataques con cocteles molotov a los bancos no habían sido suficientes. En esos días sus sueños solo estaban teñidos de desconcierto. Luego vino lo del accidente y el desierto.

Había pasado mucho tiempo en el desierto. No sentía sueño, pero dormía, no sabía cuánto, y no había sueños. Tampoco hambre o sed. Fue entonces qué empezó lo extraño. A pesar de que solo había desierto alrededor, comenzó a fijarse en lo que le rodeaba, y a notar que no era solo arena, aire y lo que fuera que se vislumbrara en el horizonte. Así, por ejemplo, cada grano de arena era un mundo, y cada mundo poseía otros mundos en sí mismo, que a su vez poseían sus propias realidades y mitología y creencias y existencias. Mundos habitados por criaturas tan ciegas como hasta hace poco lo había sido él. Y todos los mundos tenían algo en común, eran meras ilusiones. Solo eran polvo en los labios del dios del viento.

Se acercaba a su objetivo, doce monolitos o más que rodeaban algo que no alcanzaba a verse bien. Pasaron días o meses hasta que pudo mejor las cosas. Era un verdadero palacio de piedras de todas las formas y tamaños, que parecían diseñadas de las maneras más variadas y de las más diversas edades. Allí había lo que parecía un círculo casi perfecto con el rostro de una salamandra bastante enojada; allá un pequeño montículo que dejaba ver una suerte de manojo de pelos con múltiples ojos a su alrededor; acullá algo muy antiguo que parecía reptar furtivamente.

Sin embargo, los más impresionantes eran los monolitos mayores que estaban dispuestos en círculo. Parecía viejos, más bien atemporales, y en ellos a duras penas se adivinaban unos rasgos antropomórficos en unos, bestiales en otros, pero todos exhalaban una cierta impresión de pena, derrota y fracaso.

Luego, en el centro, estaba el sable.