sábado, 15 de mayo de 2021

SABLE XI

 

-SABLE XI-

 

 

Ahí, bajo el sol reverberante se halla el sable. Duele a la vista y el chico no sabe por qué. De alguna manera no termina de entender aquello que está ante sus ojos porque es la primera vez que ve algo real. 

Poco a poco lo va entendiendo. La empuñadura, de oro y plata, dibuja un par de dragones alados entrelazados, cuyas cabezas se extienden hasta formar la guarnición. La hoja es simple y limpia con una ligera curvatura. El filo es capaz de cortar la luz.

El chico no ha notado que su boca está seca, que sus pasos comienzan un baile en medio del desierto, evadiendo rocas grandes y pequeñas, mientras se dirige hacia el sable, el centro del pequeño laberinto que los eones han tejido. Ojos pétreos se fijan en él, expectantes.

El chico camina. Atraviesa galaxias a su paso. Universos enteros. Atraviesa la fina membrana que separa la oniria de la realidad. Sus manos llegan a la empuñadura que le reconoce como propio. Se agita en sus venas la sangre Noar (sangre que él no sabe que posee) y siente una certeza que nunca antes había tenido.

A su alrededor la piedra toma vida y escucha el aullido de quienes han sido encerrados por una eternidad.

martes, 11 de mayo de 2021

SABLE X

 


-SABLE X-

 

Hubo una vez un chico que soñó. Soñó en algún momento con viajar a otros mundos o capturar a los malos. Soñó luego con hacer carrera y ser admirado. Entonces murieron sus padres y solo soñó con ellos. Durante mucho tiempo soñó con ellos. A veces hubo otros sueños. Sueño de los que solo recordaba nombres como Armún o Tzad-Al-Buld. Eso, antes del trabajo o del estudio. Entonces la rabia lo invadió y solo pudo soñar en rojo, en fuego y en destrucción. Los edificios quemados, los ataques con cocteles molotov a los bancos no habían sido suficientes. En esos días sus sueños solo estaban teñidos de desconcierto. Luego vino lo del accidente y el desierto.

Había pasado mucho tiempo en el desierto. No sentía sueño, pero dormía, no sabía cuánto, y no había sueños. Tampoco hambre o sed. Fue entonces qué empezó lo extraño. A pesar de que solo había desierto alrededor, comenzó a fijarse en lo que le rodeaba, y a notar que no era solo arena, aire y lo que fuera que se vislumbrara en el horizonte. Así, por ejemplo, cada grano de arena era un mundo, y cada mundo poseía otros mundos en sí mismo, que a su vez poseían sus propias realidades y mitología y creencias y existencias. Mundos habitados por criaturas tan ciegas como hasta hace poco lo había sido él. Y todos los mundos tenían algo en común, eran meras ilusiones. Solo eran polvo en los labios del dios del viento.

Se acercaba a su objetivo, doce monolitos o más que rodeaban algo que no alcanzaba a verse bien. Pasaron días o meses hasta que pudo mejor las cosas. Era un verdadero palacio de piedras de todas las formas y tamaños, que parecían diseñadas de las maneras más variadas y de las más diversas edades. Allí había lo que parecía un círculo casi perfecto con el rostro de una salamandra bastante enojada; allá un pequeño montículo que dejaba ver una suerte de manojo de pelos con múltiples ojos a su alrededor; acullá algo muy antiguo que parecía reptar furtivamente.

Sin embargo, los más impresionantes eran los monolitos mayores que estaban dispuestos en círculo. Parecía viejos, más bien atemporales, y en ellos a duras penas se adivinaban unos rasgos antropomórficos en unos, bestiales en otros, pero todos exhalaban una cierta impresión de pena, derrota y fracaso.

Luego, en el centro, estaba el sable.  

sábado, 1 de mayo de 2021

SABLE IX

-SABLE IX-

 

El chico se vio de un momento a otro en un desierto. Sentía un atroz dolor de cabeza, mientras no podía parar el temblor en su cuerpo ni las nauseas que le sacudían. Sobre él, una feroz esfera de fuego.

Cerró los ojos y conto hasta diez. Abrió los ojos y seguía en el mismo lugar. Cerró los ojos y contó hasta cien. Abrió los ojos y sintió que poco a poco iba remitiendo el estremecimiento en su cuerpo. Al final pudo levantarse, aunque eso no mejorara mucho su situación.

El desierto se extendía por igual hasta desaparecer en el horizonte. No había montañas, ni rocas, ni un cambio de coloración que permitieran tomar una dirección u otra. Ya que no tenía más que hacer, comenzó a caminar.

Al anochecer se detuvo. Sabía que debería estar haciendo un frío de aquellos que calan la carne y el hueso, pero no era así. Durmió de cualquier forma sobre la arena cálida, y el mismo sol de justicia le despertó. Le sorprendió encontrar que no sentía ningún asomo de sed o de hambre.

    Entonces lo vio. No sabía si a una jornada, dos o diez de camino. Solo sabía que si seguía caminando iba a llegar hasta él. Hasta eso. No tenía nada más que hacer. Comenzó a caminar.